LA MONJA Y EL CABALLERO
La monja viste de negro, negro como el luto hacia los muertos,
la monja gitana tiene sus ojos negros, grandes, brillantes, moros como el negro de su atuendo.
Y negras son las pestañas y de aceituna su cuerpo, trigueño, fibroso y brillo, que le viene en nacimiento.
La monja fue quinceañera. Era hija de un herrero.
El aprendiz la esperaba cada tarde en el viñedo.
Ella le preguntaba: ¿a quién esperas en silencio?
El siempre le contestaba: -a tí morena, agua de azúcar, piel de alelíes y ojos de ciervo, a ti, detrás de las viñas por un beso yo te espero.
Pasaron días y noches, soles y truenos,
después de los nueve meses, la niña está pariendo.
Grande el dolor, la burla, grande el misterio.
¿de quién sería ese hijo qué osó en secreto mantenerlo?
-Dime, dice su padre: de quién es el crío o te apaleo.
Jamás lo diré señor, eso no importa soy yo la que lo llevo.
Dentro y fuera de entrañas, cerca y lejano en el tiempo,
este hijo, aunque no quiera, será todo mi desvelo.
El padre no quiso oírla, llevó al crío hacia el destierro,
la madre lloró y gimió lanzando al cielo mil juramentos.
Todo fue en vano, nadie cambió el hecho,
ni en la madre el sentimiento.
Años pasaron desde que el gitano la metió en el convento;
monja triste y devota, la fue puliendo el tiempo,
recogiendo hierbas buenas con que alejar su tormento.
Una noche de verano, un jinete se acercó al monasterio,
marchaba a trote firme como si se lo llevara el tiempo.
Era tarde y las monjas estaban todas durmiendo.
Sonando la campana preguntó por la dama de sus desvelos,
ansioso de tantos tiempos, que al fin podrían o no,
ser el camino al silencio, después de aquellos sonidos
que le golpeaban en sueños.
_ ¿Eres tu madre querida, te llamas Mora o Sor Silencio?
_¿Eres tú hijo de mi alma, al que hace veinte años llevé en mis entrañas?
_No lo sé señora. Dícese que hay una sola forma de saberlo:
¿dónde tengo un lunar grande con forma de vid en mi cuerpo?
_Lo tienes bajo tu espalda del lado derecho-
¡Oh, madre, al fin dejará de doler mi pecho!
¡Oh, hijo, al fin dejaré el convento!
Carlos Costa Grajales
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